Para empezar a escribir se coge un lápiz y un papel: la punta se desliza sin rumbo, sin guía, dejandose llevar por las manitas inexpertas de los futuros genios.
Ahora para comunicar se emplea un ordenador y el ciberespacio: cuatro cosas y otras ocurrencias se dejan plasmar por el cerebro tocado de un pasado imperfecto.
Aquí comienzan mis garabatos virtuales.